"Pérdida de autoridad" - Alfredo Jocelyn-Holt

La figura del administrador apostólico, a la que se ha recurrido para el Arzobispado de Santiago, vuelve manifiesto el drama actual de la autoridad en Chile, no solo de la Iglesia. El relevo no es en propiedad, sino para efectos de funcionamiento diario (alguien tiene que firmar los cheques que derivan de juicios de indemnización); de ahí que el problema de fondo siga pendiente al igual que la vacancia por suplir. La sede de Santiago no es la única que sufre esta situación; desde hace casi un año, un tercio de las diócesis se rige según esta pauta, el resto de los obispos están renunciados, y la autoridad eclesiástica supuestamente ha revertido a Roma por completo.

Aunque, ¿será así? ¿Los golpes de poder, como los de Francisco, quien se sentiría “engañado por la jerarquía” (su visita a Chile fue un fiasco), cabría calificarlos de muestras de autoridad? Ésta se insinúa, se hace sentir o convence, y si es de peso, ni siquiera necesita ejercerse. Lo otro puede ser simple autoritarismo, y es sabido que el papado (por muy progresista que sea la línea vaticana de última hora) es el único absolutismo reinante que va quedando en Occidente. Chile, a su vez, es provincia celosa de sus dignidades, cuestión que da lo mismo. En el siglo XIX cuando Roma quiso dominar la Iglesia local, Santa María expulsó al delegado apostólico (a quien, además, lo tildó de “vil italiano”). Se cruzan intereses locales y pretensiones universales, y anomalías de este tipo responden más a alardes de imperium que a indicios de autoctoritas; a ésta, de hecho, se la confina a un limbo o esfuma. He ahí lo grave de la actual situación.

Para peor en Chile cunde una desconfianza radical. De existir autoridad es para atarla de manos, cuando no humillarla. Por suerte aún no se impone entre nosotros la costumbre peruana en que todos los presidentes terminan en la cárcel, pero que se les frene u obstruya, con buenas o malas razones, se ha ido logrando. En universidades y liceos públicos para mantener vivo el reformismo las autoridades no tienen nada que hacer salvo llevarle el amén a las demandas. Los políticos no atinan más que a ser “voceros”, desnaturalizando su función representativa, mientras que procesos de radicalización, como hemos estado viendo, generan dinámicas inducidas que ni sus artífices controlan.

En ese sentido lo que sucede con la Iglesia, institución más antigua que la república, es paradigmático. La parte agraviada se siente reivindicada como víctima y se jacta de su poder recién adquirido. En palabras de un indemnizado: “La banda de obispos delincuentes se empieza a desintegrar hoy” (junio 2018); “Tenemos a Precht, tenemos a Karadima, que se preparen otros” (septiembre 2018). A semejante ritmo y tenor más que de autoridades nos llenaremos de puros administradores de coyunturas.

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