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Chile y Argentina: una disputa lamentable: Eduardo Rodríguez Guarachi

Desde la génesis de nuestra república, el mar ha tenido una gran significación geopolítica y estratégica. Bernardo O'Higgins, en 1817, tras la victoria de la batalla de Chacabuco, afirmó que “este triunfo y cien más se harán insignificantes si no dominamos el mar”. Por esto, no es de extrañar la relevancia que tiene la disputa marítima entre nuestro país y Argentina respecto a los límites de la plataforma continental al sur de Tierra del Fuego.

La necesidad y mutua conveniencia de mantener un excelente nivel de diálogo con la hermana República Argentina, en el marco de sendas políticas de Estado, hoy se ha visto supeditada a condicionantes de política interna. Más allá de los méritos jurídicos que ellas pudieran tener –los que están siendo analizados por connotados especialistas–, es evidente que la decisión gubernamental de actualizar la Carta Náutica N°8 ha significado un nuevo y delicado tema de discrepancia.

Esto exige contextualizar la complejidad y extensión de nuestra relación bilateral. Hacerlo obliga a reconocer un historial de discrepancias superadas, con efectos mutuamente beneficiosos en aspectos políticos, económicos, castrenses, sociales, laborales y culturales y, además, en iniciativas que han beneficiado directamente a nuestras respectivas provincias y regiones. Un creciente proceso de integración física y energética, en paralelo con una importante interacción entre los principales actores de la vida nacional, han mostrado la capacidad de nuestros países para construir un destino compartido, en el marco de un espíritu fraterno y en paz.

En el pasado logramos superar diferencias legítimas, a través del diálogo sincero, lo que permitió abordar una serie de complejidades técnicas para privilegiar los acuerdos políticos.

La suscripción en 1984 del Tratado de Paz y Amistad fue, en definitiva, el instrumento que nos permitió sentar y actualizar las bases de nuestro entendimiento. Su trascendencia y proyección evidencia el espíritu con el cual debemos encuadrar nuestra relación vigente y futura. Esto significa que en nuestra relación bilateral no caben ni corresponden los anuncios unilaterales inconsultos, pues daña la afectio societatis. No se puede formalizar un anuncio a los cuatro vientos y luego manifestar una disposición para negociar. Eso no es diplomacia.

Más allá de que cada país tenga una legítima expresión de derechos o pretensiones, la diplomacia requiere, como paso previo a cualquier anuncio, un discreto y cuidadoso proceso de negociación. Por ello, lo que más inquieta en la actual disputa sobre los límites de la plataforma continental es que se está intensificando a contrapelo del talante que hemos mantenido durante los últimos 30 años. Esto, a contrapelo de la Diplomacia y la Política de Estado, dos conceptos indisolubles que configuran la plataforma básica de las relaciones estables a nivel regional.

Si se respeta esa plataforma básica, las cuestiones limítrofes no debiesen vincularse a cuestiones de índole interno. Es peligroso que a medida que nuestros países se acercan a elecciones cruciales, un tema técnico y diplomático comience a instrumentalizarse con fines cortoplacistas de política eleccionaria interna. Los períodos de campaña electoral nunca han sido los mejores para abordar cuestiones limítrofes.

Es lamentable comprobar que, estos últimos años, no hayamos tenido la capacidad necesaria para superar las barreras de administraciones con signos ideológicos diferentes. Más allá de los contactos formales entre nuestros países, el nivel del diálogo se ha enfriado, dejando de lado las columnas vertebrales de una relación que fue avanzando de manera sostenida y sorteando las coyunturas disfuncionales. Hoy, aunque ambas partes han indicado estar abiertas al diálogo, no está claro cómo planean llevarlo adelante.

Por eso, más allá de los fundamentos del reciente anuncio gubernamental, es necesario no sólo cuidar nuestra relación con Argentina, sino que –además– seguir fortaleciendo su enorme potencial. Quienes hemos tenido el privilegio del servir al país en estas materias sabemos que se trata de un tesoro preciado.

En definitiva, el impasse vigente no puede ni debe mantenerse. Es imprescindible desinstalarlo, mediante un ejercicio diplomático propositivo, acorde a lo que nos ha enseñado la crisis sanitaria. Chile y Argentina demandan una salida diplomática integral en beneficio de ambas naciones.

Finalizo parafraseando a Juan Pablo II, para quien en la diplomacia se requiere prudencia y un poco de audacia.

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